Cuando vuelas…

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Escalofríos repentinos me recorren
cuando surges de la nada y te muestras
como una agitación dormida
que de repente despertara.

Divertida, me coges y soplas a mi cara
levantando sirocos donde antes no había nada.
Me retas a encontrarte
mientras dibujas las sonrisas mas inesperadas.

Súbito el aire a tus pies te abraza
y me deja observarte, aún en la distancia,
en lo alto de un azul horizonte
que travieso, me alcanza.

Mírala, me haces pensar.
Es imposible atarla a la tierra
y sujetarla,
loca atrevida y desvergonzada…

Rematadamente hermosa
rabiosamente libre,
desnudas tu alma
cada vez que te alzas.

Como si nadie te viera,
se eleva tu corazón de fuego
sin saber,
como me gusta sentir
el aleteo de tus alas
cuando danzas…

 

Peter.
(“Cartas al oído de nadie”).

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Si me rozas…

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A veces,
con el roce de una tecla
es suficiente.

Y puede desencadenar
todo un huracán
inabarcable,
irracional,
irresponsable,
y absolutamente,
irremediable.

Capaz de cruzar fronteras
saltar abismos.
Olvidar calendarios
y otros ajenos compromisos.

¿Podría, si no fueras tú
y yo no fuera yo,
ser todo lo mismo?

Quien sería tan arrogante
como para decirnos
que tu y yo no nos merecemos
elegir nuestro camino.

Si el simple toque de una tecla
desató un viento furioso,
dime qué reacción en cadena
podría avecinarse con el leve roce
de mi mano,
el mirar de tu mirada
o aún mas brutal,
la sedosa suavidad de tus labios
sobre aquellos que,
de momento,
todavía son míos.

A veces,
pero solo a veces,
un roce puede ser mas poderoso
que el mayor de los suspiros…

Peter.
(De “Cartas al oído de nadie”)

“Un cappuccino inesperado”…

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De noche, las calles mojadas, iluminadas por la luz de las farolas, parecían un piso cubierto de espejos…
Pensando en estas cosas iba el jardinero camino a casa. Absorto en sus juegos de pisar charcos, ondulando el paisaje que se le presentaba a cada paso, tropezó con una sombra apoyada en la esquina que daba acceso al estrecho callejón por el que se llegaba a su pequeña morada.
Se detuvo, y sin levantar cabeza susurró… — No deberías andar por estas calles a estas horas de la noche Isabella. Alguien seguramente estará inquietándose por tu ausencia, mi joven amiga.
–Posiblemente, aunque no sea la persona que yo desearía que fuese. –Contestó con la rabia justa para que sonase a reproche.
–Desear que una persona se inquiete por tu ausencia no suena todo lo bien que se debería merecer un deseo ¿no crees?. –Era un hombre de pocas palabras, o eso pensaba ella, pero la mayoría de las veces que lo hacía, había que reconocer que era determinante. Casi tanto, como sus silencios.
–Eso es porque no sabes la inquietud que me provoca la ausencia de los míos, “jardinero sabio, jardinero loco”.
Martín, la tomó del brazo, con suavidad pero firmemente mientras en un arranque de decisión cambió la dirección del camino que había pensado recorrer.
–Ven, anda. Quien sea que te esté esperando, creo que deberá esperar todavía un poco mas. Vamos, te voy a invitar a un cappuccino como no has probado nunca, — y emprendieron un recorrido, en el que de ambas sombras, la suya iba siempre un paso por delante de la de su acompañante, que remolona, evitaba perder de vista la entrada del callejón del que se alejaban…
–Descuida Isabella, el callejón no se moverá jamás de ahí, y ese será un camino que quien sabe si algún día recorrerás. Pero antes, has de saber realmente que es lo que deseas y si estás dispuesta a pagar el coste que te requiera.
–Nuevamente, no entiendo a que te refieres. –Protestaba poco convencida, una frágil Isabella.
–Nos gusta pedir deseos, Isabella, a todos, pero la mayoría los pide gratis. Los quieren sin tener que mover un solo dedo y cuando eso no pasa, protestan. Otras veces los mueven, y mucho, pero tampoco le son concedidos. En todo caso, la mayoría de las personas, se creen con derecho a todo y al fracasar, acaban por convencerse de que en realidad, no tienen derecho a nada. Con lo que, si te fijas, observarás que los dos extremos, frecuentemente, se llegan a tocar con facilidad, ¿no es curioso?.
Caminaron despacio y casi sin levantar la mirada del suelo mojado. A esas horas de la noche, la ciudad dormía y, a excepción de algún que otro taxi nocturno, no había coches ni personas que esquivar.
–En el amor, por ejemplo, soñamos con la persona que elegimos, y dejamos que nos marque los días y las noches. Perdemos el sueño en las noches y la concentración en los días. Y lo deseamos, tan intensamente, que creemos que la vida sin ese amor no tiene sentido. Pero, cuando lo tenemos al alcance de nuestra mano, nos cuesta un mundo levantar un simple dedo y mirar a los ojos de esa persona para decirle: “¿ves este dedo? Este dedo está para coger a otro que pertenezca a otra mano. Una mano distinta de las mías. Y todos los demás dedos, de esta misma mano, están dispuestos a acompañarle…  El destinatario podría ser ése (dijo señalando al índice de la mano derecha de Isabella), ése mismo que acompaña al resto de los dedos de tu mano… ”
Porque a muchas personas, no les basta con que esté al alcance de nuestra mano, sino que además queremos que sea su mano la que coja la nuestra, en un acto de victoria sobre los elementos. Sin embargo, Isabella no hay mayor victoria que ser tu quien levantes primero esa mano y la entregues. Una vez hecho, el resto ya no depende solo de ti y cualquier inquietud debe sosegarse y dejarse mecer por la marea.
–Parece muy simple visto desde la mirada de un jardinero, pero esa marea a veces lleva corrientes que te alejan de aquello por lo que levantaste la mano.
— Así es. El mundo gira con y sin tu consentimiento. Es él el que pone sus regalos a tu disposición, pero forma parte de tu esfuerzo el hacerlos tuyos, y mantenerlos el resto de tu vida.
En esto, llegaron a la puerta de una taberna que apenas iluminaba la penumbra del resto de la calle. Martín, como solía hacer, le abrió la puerta y con su “maldita y cautivadora gentileza”, le invitó a pasar.
–¿De donde había salido este hombre, que se hacía pasar por un simple y humilde jardinero?… Esta vez, estaba decidida a averiguarlo…
A esas horas, con la mayoría de las mesas libres, al unísono eligieron aquella mas retirada de la taberna, justo en la esquina junto al gran ventanal de la fachada, al fondo del recinto.
Mientras Isabella se acomodaba el abrigo en una silla, Martín no esperó a que se acercara el camarero y se dirigió directamente a la barra. Cuando regresó, no dejaría que esta vez se le escapase como el agua de las manos y nerviosa, comenzó  la conversación.
–Martín…, solo sé tu nombre y que eres el jardinero de Maruca, mi abuela. Pero… ¿quien eres en realidad? ¿cual es tu historia, “jardinero loco”? –Dijo sin esperar casi a que su acompañante se acomodase por completo en la silla. Ahora, el mundo giraba exclusivamente en torno a ellos y ella por fin había podido poner en práctica con él, la mejor de sus sonrisas…
–Ummm… Creía que ya me conocías, Isabella, pues soy quien ves que soy. Soy todo aquello que ya has comprobado por ti misma.
–Si, pero… ¿y tu pasado? ¿De donde vienes, y a qué aspiras en tu vida? ¿que te quita el sueño y que te lo da?. No se, todas esas cosas que suelen contarse a una “recién llegada”, como yo. –Su sonrisa se tensaba por momentos, pero es que le exasperaba esa capacidad que tenía Martín para dar la vuelta a cualquier comentario sobre su propia persona, esa era la verdad…
–Hay una cosa que me enseñó Titán, mi perro, y junto con él, el resto de sus amigos del barrio, que podría ayudarme a explicarte. Verás…, cuando vamos al parque, lo suelto en el recinto cerrado para que corra un poco y juegue con los demás perros. Allí encuentra viejos conocidos con los que efusivamente se saludan y corretean, y recién llegados, a los que todos, con respeto y prudencia se acercan a conocer. Se huelen e inmediatamente revelan sus intenciones y pensamientos. No se preguntan donde han nacido, o cuantos años tienen, o como de grande es la casa donde viven. Solo se miran y expresan sus sentimientos e intenciones. O mueven la cola alegremente y juegan, o echan la orejas para atrás y automáticamente guardan un espacio entre ellos. Los hay que por estar mal sociabilizados, son incapaces de entrar ni siquiera en el recinto. Su vida es tan fácil, porque ellos, los perros, no saben mentir. Se exponen en todo momento al mundo, mostrándose tal y como son. Ellos no se preguntan por su pasado, ni por su futuro. Porque solo viven el presente y actúan en consecuencia a “como son” ese determinado día…
Pues bien, Isabella, de la misma manera, los humanos somos lo que somos hoy, y no lo que fuimos en el pasado, ni lo que seremos en el futuro, aunque ambos estén presentes en cada uno de nuestros días. Nada esta dicho por completo y todo esta por decir, en este teatro de la vida.
Es por esto que la historia de nosotros nunca acaba hasta que cae el telón…

Peter.
(De “Isabella y el jardín de las moras”)

Square in Rome

Rumor…

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Rumor, rumor de largos cabellos a lo lejos
y amplia sonrisa de marfil y fresa,
temblor palpable que alteras mis ojos
haces latir un corazón que no cesa.

Las horas pasan en un mar confuso
desplegando su enorme vela
mientras yo, que no duermo por tan fugaz estrella,
quisiera que fueras de mi barco estela.

Pretendo pisar fuerte en la arena,
y vencer los obstáculos de esta incierta carrera
pero hay días de tropiezos y mareas
que nos sacuden y frenan.
Entonces las arenas se tornan piedras.

Hoy no consigo escuchar ni al silencio.
Y mañana volverá el pájaro cantor,
pero hoy mis oídos solo escuchan el dolor
aún callado de una oculta pena.

Peter. (De “Cartas al oído de nadie”)

Isabella… (II)

Alice in wonderland

 

“Hubo días de ese invierno en que el buen tiempo nos dio una tregua, y me permitió  adentrarme un poco mas en las zonas mas boscosas del jardín para adecentarlo un poco. Detrás de las tormentas, siempre pasaba lo mismo, se podían ver con claridad que plantas eran las que de verdad estaban bien enraizadas y en cuales todo había sido pura apariencia… A las fuertes y vigorosas, solo las palmeaba y me sentaba a su sombra para disfrutar de su seguridad y los musicales sonidos que desprendían sus ramas cuando jugueteaban con el viento. Sin embargo, las que me habían demostrado mas debilidad eran a las que tenía que dedicar mas tiempo y cariño…

A menudo, cuando Isabella me encontraba en estas tareas, bruscamente detenía su paseo y se  remangaba para ayudar… aunque yo bien sabía ya cual era su intención principal que no era mas que conseguir sacar alguna frase de mi boca. Yo la dejaba hacer y nos divertíamos  ambos con ese juego…, por supuesto, si sacabas preguntas y obtenías sus respuestas, el premio era doble. ¿Dije ya que jugábamos ambos?…

Bien, pues en uno de esos días especialmente agotadores, en los que aprovechaba para mimar un poco mas a las plantas mas necesitadas, Isabella apareció por el sendero como otras veces, con su libro bajo el brazo y con ese aire de suficiencia que solo da la ignorancia de la juventud. Pasó de largo, con un tímido hola y su mirada lateral de soslayo aparentando una despreocupación que a esas alturas, no se creía nadie… Yo, que nunca me gustó dirigir la vida de nadie, como tampoco jamás permití que lo hiciesen con la mía, le devolví igualmente el saludo sin dejar mi actividad. A los cinco pasos, se volvió y con irritación me espetó –“no sé como con el día tan bueno que ha salido, pierdes el tiempo con esos despojos de plantas…”, A lo que, con una sonrisa, contesté  –“Estos despojos, como tú las llamas, echaron un día raíces con la intención de vivir y crecer, igual que el resto de las del jardín e igual que tu, Isabella. Simplemente, nacieron mas débiles o con la mala fortuna de no caer sus semillas en el suelo mas apropiado. ¿Que tal si las ayudas un poquito?”. Y nuevamente Isabella volvió sobre sus pasos para aprender un poco mas sobre la vida que le rodeaba, que no era mas que la suya propia…

A los pocos minutos de incorporarse en la labor de recoger la broza resultante de la última tormenta, repentinamente dio un grito y agitando sus brazos empezó a saltar y a  maldecir con todas sus ganas… “Rayos, me cago en… se me ha clavado una astilla!!!… ¿has visto lo que pasa por dedicarle tanto tiempo a esta mierda de plantas?, están todas jodidamente secas y tu no haces mas que podarlas, limpiarlas y drenarles los suelos o echarles abonos. ¿No ves que están semimuertas? No son para nada determinantes en el jardín. Es mas, contribuyen en afearlo. ¿Por que no te limitas a los árboles y plantas mas exuberantes? Por mucho que las recuperes, lo mas probable es que no den ni una flor en toda la primavera próxima…” Con calma dejé todo en el suelo y cogiéndole la mano, me dispuse a intentar extraerle la astilla…  –“Isabella, la furia no te sacará la astilla. Decirte que lo que dices es cierto sería un completo error. Faltan muchas semanas para eso y para entonces, nadie sabe de antemano como responderán. Pero de lo que sí puedes estar segura es de que en una gran parte de como se encuentren en primavera, habrán sido determinantes todos los días de este invierno, tanto los malos como los buenos, tal y como lo es el de hoy.

Pero no Isabella, no te confundas, este jardinero no está ciego. No pienses que porque les dedique mas atenciones, son mis favoritas. Simplemente, necesitan que les den otra oportunidad. Después, cada una demostrará su verdadero valor, y las que se lo hayan merecido, crecerán y regalarán flores. Las que no, el tiempo nos lo dirá y malvivirán sus días. Pero, en lo que les suceda, no podrán echarle la culpa al jardinero…

Por si no lo sabes, a mi me gusta mucho mas la fortaleza de los grandes árboles, firmes y generosos, o los hermosos y aromáticos arbustos con sus abundantes hojas y flores, o las valientes y discretas enredaderas con su constante lucha por trepar  por sitios imposibles en busca de la luz, no como a ti, es cierto, que te apasionan las plantas de bonitas flores. Pero piensa por un momento, que no hay cosa mas fugaz que una flor. Es bella pero frágil y  efímera. Ellos no necesitan de tantos cuidados, y no dan una, sino muchas flores a lo largo de su vida, quizá no tan llamativas, pero igualmente dan sus frutos. Son supervivientes natos y sus raíces son mas fuertes y profundas de lo que te imaginas. Por eso los admiro. De ellos disfruto mis tardes libres, cuando vengo a tumbarme sobre la hierba. Pero las plantas de temporada, esas que compra tu madre en primavera, o las plantan en los jardines públicos. Esas son distintas. Son bellísimas, y toda la gente las admira, las compran o las regalan. Como las margaritas. Exuberantes y atrevidas por fuera, pero casi sin raíces debajo de la tierra. Lo dan todo y lo esperan todo de golpe, y todo su aroma, exuberancia y flores, las convierten durante un breve periodo de tiempo en las mas bellas del jardín. Su problema real es que son tan explosivas, que mueren pronto. En el fondo, si no fuese por la ayuda de los insectos o de los jardineros, para cuidar de sus semillas, probablemente ya se habrían extinguido. Así que, mi querida amiga no tengas prisa por florecer sin antes tener unas raíces poderosas…”

Peter.
(De “Isabella y el jardín de las moras”).

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Isabella y el jardín de las moras…

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“… No soy la Vida, ni pretendo enseñar algo que ni yo mismo sé. Solo soy una sombra mas, que transita lo mejor que puede por ella. Pero por si de algo sirviese, si yo fuese aquella que te pasea de la mano por el transcurrir de los días, si yo fuese la mismísima Vida que te contempla, te diría…

Que confíes en mi. Si, absolutamente y con rotundidad, porque nunca te voy a traicionar. Que aunque las cosas no te salgan como esperabas, no creas que soy inmune a tu sufrimiento. Pero debes comprender que éstas, solo te pueden decepcionar si pretendes mantenerme bajo un control que no te corresponde. Podría decirte que confíes en mí, porque no sabes lo que te espera, pero yo si. Me gustaría enseñarte que cuando el viento te sople, porque lo hará, siempre te será mejor ser un humilde junco para cimbrearte y dejarte mecer por él, en vez de un orgulloso y recio roble para que en el acto,  te partas en dos.

Por otro lado, si realmente me conocieras como crees, sabrías que jamás te haría algo que no quisiera para mí, ni a ti ni a nadie, pero hay acontecimientos que no están a mi alcance. Porque los humanos, frecuentemente, confunden cortesía con coquetería y eso solo hace rizar mas aún el rizo… Entiende, que de la misma forma que los vientos no afectan por igual a todas las plantas del jardín, mis mimos contigo, no deberían impedir que sea cortés con el resto de sus flores. Pero no os culpo por ello, simplemente no me conocéis del todo, todavía… Forma parte de vuestra libertad interpretar lo que os sucede.

Te diría que no te dejes abrumar por la incertidumbre de la duda, porque aunque es una de mis compañeras de viaje, a sus espaldas te susurro que no la escuches tanto como para confundir tus pasos. ¿No me oyes ahora? Tienes tu mapa, oculto en tu corazón. Solo tienes que seguirlo. ¿Quieres mas pistas? Yo solo te lo estoy diciendo a ti, a nadie mas. Ven. Si dieses el verdadero valor a palabras como verdad, honestidad, confianza, lealtad, complicidad y amor… lo entenderías.

¿Quieres mas?… Porque me gustaría enseñarte el significado de la palabra “compartir”. No se por qué a la mayoría de los humanos les gusta que le compartas sus penas, pero odian que lo hagas con tus alegrías. A menudo lo toman como una manera estúpida de humillación a su vanidad o simplemente envidia. Les gusta hacer de “salvadores”, pero son incapaces de disfrutar de los éxitos ajenos. Creo que hay excepciones cuando lo llaman “empatía”. Yo, lo siento, pero no entiendo de eso, porque a mi eso del “ego”, me la “plimpa”. Solo se que a mi, personalmente,  tus penas me entristecen, tanto como tus alegrías me alegran…

Y aún mas, querría que los dioses me  dejaran mostrarte la “amistad”, la de verdad, no la interesada. Y explicarte que ahí también hay amor, pero un amor diferente. No menos importante, vital y necesario. Pero los humanos lo queréis todo, todo para vosotros, y os cuesta un mundo diferenciar el afecto por los demás con el amor exclusivo y sin límites.

Por eso, quisiera que pudieras confiar en mi, en mi palabra y mis acciones cuando te digo que no te voy a fallar, porque son mis únicas posesiones y certezas. Y el sable con el que podemos dar juntos, la mejor estocada a esos tormentosos días del miedo y la confusión…”

Peter.
(De –“Isabella y el jardín de las moras”-)

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Me gustaría…

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Me gustaría que me quisieras
me gustaría ser en tu vida
algo así como un sorbo de agua,
o la mano que seca tus lágrimas.

Quisiera ser el minuto que amas
quisiera volverme silencio cuando callas
y ser la puerta
a la que tus manos llaman.

Me gustaría ser en tus labios
la palabra
en tu mente, el sueño
en tu camino, el alba.

La soledad de tus momentos tristes
el cristal de tu ventana.
Me gustaría ser la huída
cuando te escapas.

El rincón donde te escondes
cuando cantas.
Me gustaría quererte
aunque nunca te enteraras.

Peter. (Publicado en “Cartas al oído de nadie”)