“Un cappuccino inesperado”…

midnight_in_paris

 

De noche, las calles mojadas, iluminadas por la luz de las farolas, parecían un piso cubierto de espejos…
Pensando en estas cosas iba el jardinero camino a casa. Absorto en sus juegos de pisar charcos, ondulando el paisaje que se le presentaba a cada paso, tropezó con una sombra apoyada en la esquina que daba acceso al estrecho callejón por el que se llegaba a su pequeña morada.
Se detuvo, y sin levantar cabeza susurró… — No deberías andar por estas calles a estas horas de la noche Isabella. Alguien seguramente estará inquietándose por tu ausencia, mi joven amiga.
–Posiblemente, aunque no sea la persona que yo desearía que fuese. –Contestó con la rabia justa para que sonase a reproche.
–Desear que una persona se inquiete por tu ausencia no suena todo lo bien que se debería merecer un deseo ¿no crees?. –Era un hombre de pocas palabras, o eso pensaba ella, pero la mayoría de las veces que lo hacía, había que reconocer que era determinante. Casi tanto, como sus silencios.
–Eso es porque no sabes la inquietud que me provoca la ausencia de los míos, “jardinero sabio, jardinero loco”.
Martín, la tomó del brazo, con suavidad pero firmemente mientras en un arranque de decisión cambió la dirección del camino que había pensado recorrer.
–Ven, anda. Quien sea que te esté esperando, creo que deberá esperar todavía un poco mas. Vamos, te voy a invitar a un cappuccino como no has probado nunca, — y emprendieron un recorrido, en el que de ambas sombras, la suya iba siempre un paso por delante de la de su acompañante, que remolona, evitaba perder de vista la entrada del callejón del que se alejaban…
–Descuida Isabella, el callejón no se moverá jamás de ahí, y ese será un camino que quien sabe si algún día recorrerás. Pero antes, has de saber realmente que es lo que deseas y si estás dispuesta a pagar el coste que te requiera.
–Nuevamente, no entiendo a que te refieres. –Protestaba poco convencida, una frágil Isabella.
–Nos gusta pedir deseos, Isabella, a todos, pero la mayoría los pide gratis. Los quieren sin tener que mover un solo dedo y cuando eso no pasa, protestan. Otras veces los mueven, y mucho, pero tampoco le son concedidos. En todo caso, la mayoría de las personas, se creen con derecho a todo y al fracasar, acaban por convencerse de que en realidad, no tienen derecho a nada. Con lo que, si te fijas, observarás que los dos extremos, frecuentemente, se llegan a tocar con facilidad, ¿no es curioso?.
Caminaron despacio y casi sin levantar la mirada del suelo mojado. A esas horas de la noche, la ciudad dormía y, a excepción de algún que otro taxi nocturno, no había coches ni personas que esquivar.
–En el amor, por ejemplo, soñamos con la persona que elegimos, y dejamos que nos marque los días y las noches. Perdemos el sueño en las noches y la concentración en los días. Y lo deseamos, tan intensamente, que creemos que la vida sin ese amor no tiene sentido. Pero, cuando lo tenemos al alcance de nuestra mano, nos cuesta un mundo levantar un simple dedo y mirar a los ojos de esa persona para decirle: “¿ves este dedo? Este dedo está para coger a otro que pertenezca a otra mano. Una mano distinta de las mías. Y todos los demás dedos, de esta misma mano, están dispuestos a acompañarle…  El destinatario podría ser ése (dijo señalando al índice de la mano derecha de Isabella), ése mismo que acompaña al resto de los dedos de tu mano… ”
Porque a muchas personas, no les basta con que esté al alcance de nuestra mano, sino que además queremos que sea su mano la que coja la nuestra, en un acto de victoria sobre los elementos. Sin embargo, Isabella no hay mayor victoria que ser tu quien levantes primero esa mano y la entregues. Una vez hecho, el resto ya no depende solo de ti y cualquier inquietud debe sosegarse y dejarse mecer por la marea.
–Parece muy simple visto desde la mirada de un jardinero, pero esa marea a veces lleva corrientes que te alejan de aquello por lo que levantaste la mano.
— Así es. El mundo gira con y sin tu consentimiento. Es él el que pone sus regalos a tu disposición, pero forma parte de tu esfuerzo el hacerlos tuyos, y mantenerlos el resto de tu vida.
En esto, llegaron a la puerta de una taberna que apenas iluminaba la penumbra del resto de la calle. Martín, como solía hacer, le abrió la puerta y con su “maldita y cautivadora gentileza”, le invitó a pasar.
–¿De donde había salido este hombre, que se hacía pasar por un simple y humilde jardinero?… Esta vez, estaba decidida a averiguarlo…
A esas horas, con la mayoría de las mesas libres, al unísono eligieron aquella mas retirada de la taberna, justo en la esquina junto al gran ventanal de la fachada, al fondo del recinto.
Mientras Isabella se acomodaba el abrigo en una silla, Martín no esperó a que se acercara el camarero y se dirigió directamente a la barra. Cuando regresó, no dejaría que esta vez se le escapase como el agua de las manos y nerviosa, comenzó  la conversación.
–Martín…, solo sé tu nombre y que eres el jardinero de Maruca, mi abuela. Pero… ¿quien eres en realidad? ¿cual es tu historia, “jardinero loco”? –Dijo sin esperar casi a que su acompañante se acomodase por completo en la silla. Ahora, el mundo giraba exclusivamente en torno a ellos y ella por fin había podido poner en práctica con él, la mejor de sus sonrisas…
–Ummm… Creía que ya me conocías, Isabella, pues soy quien ves que soy. Soy todo aquello que ya has comprobado por ti misma.
–Si, pero… ¿y tu pasado? ¿De donde vienes, y a qué aspiras en tu vida? ¿que te quita el sueño y que te lo da?. No se, todas esas cosas que suelen contarse a una “recién llegada”, como yo. –Su sonrisa se tensaba por momentos, pero es que le exasperaba esa capacidad que tenía Martín para dar la vuelta a cualquier comentario sobre su propia persona, esa era la verdad…
–Hay una cosa que me enseñó Titán, mi perro, y junto con él, el resto de sus amigos del barrio, que podría ayudarme a explicarte. Verás…, cuando vamos al parque, lo suelto en el recinto cerrado para que corra un poco y juegue con los demás perros. Allí encuentra viejos conocidos con los que efusivamente se saludan y corretean, y recién llegados, a los que todos, con respeto y prudencia se acercan a conocer. Se huelen e inmediatamente revelan sus intenciones y pensamientos. No se preguntan donde han nacido, o cuantos años tienen, o como de grande es la casa donde viven. Solo se miran y expresan sus sentimientos e intenciones. O mueven la cola alegremente y juegan, o echan la orejas para atrás y automáticamente guardan un espacio entre ellos. Los hay que por estar mal sociabilizados, son incapaces de entrar ni siquiera en el recinto. Su vida es tan fácil, porque ellos, los perros, no saben mentir. Se exponen en todo momento al mundo, mostrándose tal y como son. Ellos no se preguntan por su pasado, ni por su futuro. Porque solo viven el presente y actúan en consecuencia a “como son” ese determinado día…
Pues bien, Isabella, de la misma manera, los humanos somos lo que somos hoy, y no lo que fuimos en el pasado, ni lo que seremos en el futuro, aunque ambos estén presentes en cada uno de nuestros días. Nada esta dicho por completo y todo esta por decir, en este teatro de la vida.
Es por esto que la historia de nosotros nunca acaba hasta que cae el telón…

Peter.
(De “Isabella y el jardín de las moras”)

Square in Rome

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3 comentarios en ““Un cappuccino inesperado”…

  1. El tiempo es “una”, si no “la”, cosa mas importante de la que disponemos, a menudo por una mala gestión se pagan consecuencias demasiado duras, buscando en mi interior descubrí una cosa, me gusta tomar café, me encanta ese kit-kat, esa tregua, espacio limitado en el que ni tu mismo te juzgas aunque puede que el café no sea “bueno” y te “termine matando”, bajas la bandera…es tú momento, da igual el sitio y la hora, quien haya,si te miran o si no,siempre trae ese olor tan familiar,..me.. transporta,conmueve,embriaga..
    Gracias por compartir estas cosas, estoy disfrutando mucho con tus relatos.

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